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Entrevista
16 de Septiembre de 2015

Eugenio Zanetti:
El deseo de un niño

Por Brian Majlin

Poder, religión, Estado y opresión. La puja por el mando, la riña entre el ser y el deber ser. La moral, el amor y la desdicha.

Han pasado 150 años desde la primera versión de Don Carlo, la ópera más extensa de Giuseppe Verdi, en el Teatro Imperial de París. En el camino pasó de 5 a 4 actos, y perdió al menos una o dos horas de duración. Mantiene la inspiración original en el texto del poeta alemán Friedrich Schiller, Don Carlos, Infante de España (1786) y narra la historia de Felipe II, del Siglo XVI.

Han pasado 400 años y, sin embargo, su vigencia es asombrosa. Eugenio Zanetti, famoso en el mundo entero por su labor artística multidisciplinaria, por haber ganado un Oscar, un Cóndor de Plata y otros tantos premios, narra su preocupación esencial a la hora de preparar la puesta que se verá desde el domingo 20 de septiembre en el Teatro Colón: "Encontrar una óptica contemporánea a un melodrama del Siglo XIX”.

“Está muy bien escrito y con una música notable –añade-, pero el original es en términos de conflicto melodramático, mientras que nosotros actualmente estamos vinculados de otra forma al cine y al teatro, y los golpes del melodrama nos surten menos efecto".

-¿Cómo trabajaste esa complejidad?

-Lo que he tratado de hacer es romper la estructura del melodrama con un punto de vista psicológico: de esa forma la ópera ya no es vista desde los ojos de Don Carlo, a quien le pasa todo, sino del Rey, que es el que mira y ya sabe todo, no hay melodrama. Pasa a ser como una película, con un punto subjetivo y un observador que está permanentemente aún cuando no está en escena. Así se genera una realidad paralela: por un lado, el Rey ve que tiene el poder pero es disputado por el poder divino y, por el otro, su universo psicológico, familiar, también colapsa.

-Son universos de hace cientos de años, pero los temas que trata son sumamente  actuales, ¿cuál es el eje principal?

-La propaganda. La tenemos hoy en día y la tenían entonces. Toda la información que recibimos responde a los poderes: Iglesia, Rey, dinero. El eje, entonces, pasa por cómo toma las decisiones un sujeto en este universo orwelliano en el que todo es propaganda y nadie sabe, objetivamente, qué es la realidad.

Zanetti hace un silencio breve, como quien aguarda una señal para largarse a hablar, pero se arrepiente. Frena. Mastica las palabras, las saborea y luego dispara algunas ideas que, a simple vista, podrían parecer inconexas, pero que refieren a un modo de absorber la vida. La información cotidiana que ha sabido incorporar a lo largo de más de 50 años de carrera, si se tiene en cuenta sus inicios casi azarosos como director de arte de Medea, de Pier Paolo Passolini, a quien se cruzó en un viaje iniciático por Europa en los años 60.

Dice, Zanetti, que lo de la propaganda es totalidad y se aplica al mundo del arte. "La CIA acaba de desclasificar documentos de hace 50 años y nos enteramos de que todos los artistas abstractos que fueron moda, como Jackson Pollock, los impusieron para joder al realismo socialista. No es que no tuvieran talento, pero fue un gran negocio yun acto de propaganda", ejemplifica.

-¿La ópera también fue elemento propagandístico?

-Fue usada políticamente, sí, a Verdi lo usaron como héroe los nacionalistas italianos. Nada se salva de la propaganda y la utilización. Y hay otro metamensaje que es el "descansen y duerman". Toda la realidad que se impone es "mirá, olvidate, dormite, te queremos dócil’.

-¿El arte puede ser disruptivo?

-Salvo que sea, secretamente o no, un elemento de propaganda. El valor de despertador del arte está disminuido cuando es así.

-¿Chocan, acaso, el atributo de despertador con el de entretenimiento?

-No, para nada. Ingmar Bergman decía que cuando quería hacer Gritos y Susurros, que es tremenda, pensó: "si la hago blanco y negro no se la banca nadie, tengo que hacerla a color y suspender el juicio de la gente para que se banquen el discurso’. Si él necesitaba eso, porqué no todos nosotros. La necesidad de hacer digerible el discurso es válida y universal.

-¿Y en la ópera, que a veces parece distante para el público joven y el masivo?

-Hoy en día, en otras partes del mundo, la ópera mueve cientos de miles de personas y hay festivales y es como un concierto de rock. No me pongo a pensar para quién es válido, no puedo pensarlo yo: un artista lo hace lo mejor que puede con su obra.

-¿Por qué hacer arte?

-Porque es lo que soy. No es una actividad intelectiva, sino en lo que soy bueno. Rezando o meditando no lo soy, pero me pongo a pintar y pasan muchas horas sin pensar en nada.

-¿Hay un objetivo o es un fin en sí mismo?

-El arte para obtener un resultado no creo que funcione.

-¿Se puede lograr hacer más popular la ópera?

-Quizás con más funciones, pero el canto lo hace muy exigente e imposible. Yo quisiera que un día, en una función de Don Carlo acá, estén las 500 personas que hacen esto en el saludo final, para que la gente vea el esfuerzo descomunal que implica. Acá se hacen hasta los zapatos y las pelucas: esos son verdaderos artistas.

Zanetti, humildad expansiva y humor cordobés -difícil de clasificar, pero omnipresente- da muestras de cada idea que sostiene. Como si precisara responder con un elemento material aquello que sustenta. Como si el sujeto que idea y el que crea fueran indisociables aún en un diálogo. Muestra, entonces, la foto de la mujer que bordó el escudo en la capa del Rey Felipe. Ella -dice- le pidió una foto, y él le dijo que la pondría en su celular. Y ahí la lleva, como fondo de pantalla, como recordatorio del admirador admirado.

Hay un distintivo pasional, lúdico, infantil, en la pulsión que mueve a Zanetti. Lejos de renegar de eso, la ha invocado en numerosas ocasiones. Explica que el Oscar no es algo que deseara de pequeño -cuando era un aspirante de artista en Colonia Caroya, Córdoba- y que por lo tanto no tiene ese fanatismo por la estatuilla de la Academia hollywoodense. Pero aclara, rápido y en clave cordobesa, que adora los premios, que detesta perder. Habla del arte desde el deseo infantil.

-Los premios no te interesaban, pero ¿cuál era tu fantasía entonces?

-Supongo que ser un artista.

-¿Hubo algo que te impactara y motivara ese deseo?

-Yo creo que es como ser gay, uno ya sabe, eh, no es que lo descubra sino que está. Uno es. Sí me han influido las películas de Michael Powell, como Las Zapatillas Rojas, que la vi a los 6 años. O haber venido al Colón a ver Hansel y Gretel, las óperas hechas para chicos, el cine. Eso nos formó. Incluso muchas pésimas películas americanas. Al no haber tele, todos esos impactos eran muy fuertes. Y se me abrió un panorama: estaba en el culo del mundo y tenía que ver y saber todo.

-Ahora hay un bombardeo de cultura e información a través de Internet, ¿favorece a la creatividad o es al revés?

-No, es una trampa. La gente tiene la ilusión de que tiene todo a mano y el hambre se apaga. Nosotros, en los 50, no teníamos nada en Córdoba, y en el único cineclub que había vi todo lo que había que ver antes de mis 15. Y lo hice por necesidad. Yo tenía mucha hambre cuando era chico, porque nací en el culo del mundo y necesitábamos saber.

-¿Cómo impacta en ese deseo infantil, y ya como adulto, la llegada a dirigir una ópera en el Colón?

-Yo soy lo que en inglés se dice late bloomer. Siempre estoy debutando tarde, como hace 70 años vengo debutando. Lo cual es bárbaro, estoy contento, es una ópera que me encanta y que hace mucho quería hacer. El teatro nos ha proveído de todo lo necesario para poder hacer esto que es muy complejo, en muchos momentos hay más de 100 artistas en escena. Es maravilloso.

 

Foto: Arnaldo Colombaroli