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Entrevista
6 de Agosto de 2015

Lahav Shani: "Lo primordial es la música"

Por Brian Majlin

Eran casi las 10 de la noche del miércoles 29 de julio y la West Eastern Divan Orchestra había finalizado la interpretación de la  Sinfonía No. 4 en Fa menor, Op. 36 de Piotr IlychTchaikovsky, en el Teatro Colón de Buenos Aires. El Maestro Daniel Barenboim aguardaba que cesara la ovación en el cierre del cuarto concierto del Festival de Música y Reflexión 2015 -en el que había actuado Martha Argerich como solista- para sorprender a todos. Cuando se hizo silencio, entonces, dijo que una joven promesa se haría cargo de la batuta para dirigir la obertura de "Ruslán y Liudmila", de Mijail Glinka.

Lahav Shani, dijo. Lahav Shani, a secas, repitió. Y, finalmente, agregó: "Recuerden ese nombre, dará mucho que hablar".

Un joven israelí de pelo crespo, recortado y negro, se paró en el podio que hasta hacía instantes ocupaba el propio Barenboim, tomó la batuta e indicó los primeros movimientos, entre sonrisas cómplices de los propios músicos de la WEDO.

Lahav Shani asegura que fue una sorpresa para él. El objetivo del viaje a Buenos Aires -dirá- era conocer a los músicos y que éstos lo conocieran, porque comenzará a trabajar más regularmente con la orquesta. La decisión, sugiere, es compartida con Barenboim, que desde hace algunos años lo ha cobijado y le da consejos y la ayuda que considera posible. Lo mismo ha hecho, desde que en 2013 emergiera como un talentoso director, el indio Zubin Mehta.

-Yo había venido por ese motivo, pero a mitad de la semana me presentó a la orquesta, nos entendimos bien con los músicos y me preguntó si quería hacer el cierre al otro día. Le dije que me sentía honrado, pero no tenía los zapatos de concierto. Y en la mañana del miércoles llegó con la bolsa de zapatos que me había comprado.

¿Qué sentís cuando un hombre de su trayectoria y referencia te nombra de ese modo?

-Realmente me halaga y honra todo lo que él hace, dice y busca para mí. No sólo ahora, sino en los últimos años.

Hijo del ex Director de Coro de la Filarmónica de Tel Aviv, Michael Shani, Lahav nació en Tel Aviv a mediados de 1989 y comenzó a estudiar piano a los 6 años. Rápidamente se destacó como músico y con solo 20 años decidió instalarse en Berlín, Alemania, para estudiar dirección de orquesta. En 2013 ganó la reconocida competencia Gustav Mahler y su carrera como conductor quedó formalmente lanzada. Indetenible.

Desde entonces ha dirigido en la Staatskapelle de Berlin, la Sinfónica de Viena, la Filarmónica de Israel, en numerosas orquestas alemanas, la Orquesta Filarmónica de República Checa, la Sinfónica de Birmingham y decenas de sitios como Seúl o Vancouver. Su presentación en el Teatro Colón fue, sin embargo, su primera presentación en Sudamérica, previo a su viaje a EEUU, donde dirigirá la Filarmónica de Los Ángeles. Había venido como músico, pero jamás como Director.

-Fue maravilloso dirigir en el Colón, es mi primera vez en Sudamérica y es un lugar hermoso. La gente fue muy amable durante y después del concierto. Estoy muy gradecido.

¿Cómo te llevás con esa idea que circula de que sos una gran promesa y tenés un potencial enorme?

-No sé, hay muchos términos que se usan, pero no es lo que me importa, sino que me interesa tocar con buenas orquestas, buenos músicos. No es que no me importe que me quieran, que guste lo que hago y que afecte a la gente, pero no es lo que busco. Lo que quiero lograr es tocar con mejores orquestas, disfrutar de tocar con ellos, porque me ha tocado estar con algunas no tan buenas.

¿Y qué diferencia una orquesta buena de una mala?

-Tiene que ver con el nivel individual de los músicos, por supuesto, pero también la actitud de trabajar en la música, el nivel de interés, de curiosidad y, claro, también de habilidad.

Lahav Shani habla con firmeza y, a sus 26 años, busca la palabra precisa y una idea redonda antes de responder. Israelí de nacimiento y profundamente imbuido de su historia y actualidad, pese a vivir desde hace seis años en Berlín asume que su participación en la WEDO es, lógicamente, especial para él.

"Soy israelí y sólo puedo saber cómo siento desde esta posición, pero esta orquesta emerge del conflicto de Medio Oriente, entre judíos y árabes, y estoy dentro de todo esto. Nací en Israel, estuve 3 años en el Ejército como músico, no combatí, pero estuve. Y me veo como un israelí", asegura.

¿Cómo te sentís trabajando en la orquesta con esta filosofía y conformación?

-Me siento absolutamente en casa en esta orquesta. No sólo con los israelíes, sino con cada uno. Con todos ellos. Creo que Barenboim los ha hecho muy curiosos con la música y quieren aprender y progresar, lo que hace que sea realmente maravilloso trabajar con ellos. Son muy cálidos.

¿Creés que la música puede ayudar en el conflicto de Medio Oriente?

-No creo que realmente pueda afectar las políticas. Y por otra parte no creo que esta orquesta tenga ese poder, aunque sea halagador, pero sí creo que puede ser inspirador. Puede demostrar que no debería haber problema para que personas distintas hablen y traten de entenderse, de discutir, de debatir y comunicarse, que es el principal problema de la región. Porque cada sector tiene su propia visión y narrativa, y hay una falta de interés en la mirada del otro. No se trata de acordar con el otro, pero al menos escucharlo, y si lográs identificarte probablemente haya compasión y cambie la cosa.

Se siente a gusto respondiendo en cualquier eje y se ve sólido, aunque cuida sus ideas con celo. Las pule un poco en su boca, como quien mastica un bocado, antes de que salgan al receptor. Y finalmente habla de lo que se le pregunte, aunque es notable su avidez por la música clásica, por la composición, la dirección y todo lo relativo al universo artístico. Agradece, con locuacidad, cuando la charla vuelve a su cauce musical.

Todo director es, antes, un músico, pero no todo músico llega a ser director. ¿Cuáles son los atributos especiales que hacen la diferencia?

-Antes que nada, no se trata sólo de ser un sujeto muy musical -aunque debés serlo- sino que además del conocimiento de la música, para conducir debes tener una serie de condiciones: una es ser amable, encantador, carismático, pero no alcanza; otra es la técnica, pero no alcanza; otra es ser claro y preciso pero no tener ideas interesantes o tener grandes ideas pero no saber transmitirlas, y tampoco alcanza. Sólo la combinación de las distintas facetas hace a un director: el talento musical, el conocimiento de qué se busca y la habilidad de cómo lograrlo, y la capacidad de comunicarte con la orquesta para que la música salga como realmente la querés transmitir al público.

Hay que interpretar...

-No es solo por interpretación, sino por curiosidad. Tratar de entender las piezas lo mejor posible. No es posible hacer en forma exacta lo que querían los compositores, porque ya están muertos y no pueden decirlo, pero se puede captar y reproducir el mensaje: lo que los autores quisieron decir. Y nunca hay que tratar de interpretar al pie o hacer de la pieza algo propio, sino trabajar desde el instinto y el carácter, porque el objetivo es poner a la música, a ese mensaje ajeno, en el centro.

La orquesta está conformada principalmente por jóvenes y vos mismo lo sos, ¿por qué creés que hay poco interés en la juventud por la música clásica?

-Yo no diría que es por su complejidad o dificultad, porque amo esta música desde antes de hablar incluso. Creo que es algo que depende de la exposición que cada uno tuvo a este tipo de música desde lo más joven posible, tiene que ver con la educación, lo que se aprenda y, finalmente, si hay posibilidades concretas para que los jóvenes vayan a ver música clásica o no. En Berlín, por ejemplo, es muy accesible, hay entradas a  15 euros para la Filarmónica, pero en muchos lados es casi imposible de acceder, aun si quisieran. Todo eso hace a la lejanía de los jóvenes, pero el inicio del problema es la exposición. Hoy en día los jóvenes están sobre expuestos a Internet y la cultura pop...

¿Qué pensás de la cultura pop?

-No está mal. Yo me la pasé gran parte de mi juventud escuchando bandas de rock y pop. Red Hot Chili Peppers o Amy Whinehouse, por ejemplo, que no son sólo cultura pop sino que además son grandes músicos. Quizás cuestiono más el pop comercial.

¿Y qué escuchás actualmente?

-Escucho muchos cantantes populares israelíes. Matti Caspi es uno, que está muy influenciado por música sudamericana, de Brasil sobre todo. Una de las primeras piezas que supe en mi vida fue Misa Criolla, de Ariel Ramírez. Mi papá, que es director de coro, era amigo de Ramírez y lo invitó más de una vez a tocar en Israel. En fin, no hay nada malo con la música pop, creo que hay muchas opciones y hay que estar expuesto a la diversidad. Eso enriquece, no importa si es rock, metal, jazz, clásica, pero debe ser con profundidad, porque sino sólo es múltiple información cruzada que queda como ruido de fondo. Si es profunda y te afecta de algún modo, entonces puede ser magnífica. La música clásica tiene muchas cosas que la vuelven profunda si le das una chance. Preferentemente desde lo más joven posible.

¿Cuál es el mensaje, la meta que perseguís con la música?

-La música en sí es una experiencia, que para mí es más que suficiente. Uno puede tener otros intereses o aplicaciones. Barenboim lo hace educacional y pedagógicamente y es genial, pero para mí es lo secundario. Lo primordial es la música por sí sola. Cuando escucho música o veo una obra, lo que más deseo es que todos puedan sentirla y oírla como yo lo hago. Eso es lo que me motiva, tratar de compartir la experiencia con otros. Con la música se comparten emociones al mismo tiempo con tanta gente e incluso, quizás, se puede compartir lo que sentía el compositor. No se compara con nada.

Foto: Marco Borggreve