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El Mundo
August 17th, 2016

Parsifal, del Colón a la revista Orpheus

La prestigiosa publicación alemana destacó en su último número la puesta de la ópera de Wagner que estuvo a cargo de Marcelo Lombardero, en su regreso tras 30 años al escenario del Colón. 

¿Sólo un arma puede cerrar la herida?

Decadencia o auge del siglo XXI
Momento estelar en el Teatro Colón

Por Reinhard Eschenbach

Como todos saben, en Buenos Aires la vida empieza tarde, y también este “Parsifal” que comenzó recién a las 20 h. Cuando a eso de la 01:15 terminaba la ovación, algunas filas de la platea ya se habían ido liberando durante las pausas. Aquí, una ópera de Wagner es sobre todo un evento social (para el estreno vestir de etiqueta era obligatorio), y más importante que el deleite artístico, es mirar y ser mirado. Respecto a eso, el régisseur Marcelo Lombardero hizo una interesante comparación. El teatro de Wagner era contemporáneo al teatro de Garnier. En Bayreuth no hay foyer, el evento artístico está en primer plano. En Garnier el foyer era el escenario central. También así ve al Teatro Colón, los numerosos foyers en las antesalas son en muchos sentidos el principal motivo para que porteños acaudalados se garanticen una entrada. Que Wagner no contase con que sus visitantes hicieran de la pradera un foyer, eso es otra historia.

Ya en el año 1913, seis meses antes de que venciera el plazo de exclusividad de Bayreuth como el único lugar permitido donde representar la obra, se hizo “Parsifal” en Buenos Aires, en el pequeño Teatro Coliseo, en italiano y con los grandes cantantes de la época. Luego en 1920 hubo una nueva puesta, esta vez bajo la dirección del legendario Felix Weingartner. También se conecta otro hito de la historia en relación a esta obra: el nacimiento de la radio en Argentina, y la primera transmisión por cadena nacional de una ópera en todo el continente americano. En el Teatro Colón seguía la última obra de Wagner para la apertura de la temporada de 1914 bajo la batuta de Tullio Serafin – y con esto comenzó una larga tradición en esta casa.

Luego de un preludio con mucha entrega y gran intensidad, con prolongadas pausas generadoras de tensión, se abre el telón. El ojo choca contra un paraje luminoso y traumático, una atmósfera de destrucción, ruina y peligro. El régisseur Marcelo Lombardero vuelve luego de diez años al Colón. Para él la obra es más una ceremonia sagrada que ópera, un debate entre religión y arte con todas las implicaciones ético-ideológicas. Su puesta se mueve entre la realidad brutal y una mística en aumento. Para eso dejó a Diego Siliano crear imágenes cautivantes. ¡La escenografía y las proyecciones delante y tras del escenario (diseño de luces: José Luis Fioruccio) se funden en ilusiones en cinemascope! Los restos de un hotel, escombros y ruinas en el proscenio se funden en pueblos destruidos y lagunas. Hay desparramados postes de luz – metáfora de la cruz. Los caballeros del Grial visten uniforme de combate, las patrullas, en el techo de un container, empuñan Kaláshnikovs. 
La escena se corresponde con la situación musical con cambios de color, catástrofes inminentes, nubes insinuantes o ambientes más amigables (el bálsamo de Kundry, entrada de Parsifal). Gurnemanz se vale de toda la autoridad para controlar a sus caballeros que frente a una mañosa Kundry con turbante (vestuario Luciana Gutman) se comportan como oficiales brutos y quieren acogotar a Parsifal (cabello despeinado, jeans rasgados y sudadera), quien mató al cisne con arco y flecha, de manera convencional. Traerán a Amfortas en un carro hecho de restos de chatarra.

En el interludio sobrevolamos a través de una proyección multimediática sobre paisajes poblados de estructuras de hormigón y cráteres de bombas, a la derecha aparece la torre de refrigeración de una central eléctrica. Gurnemanz abre una gran puerta de acero, y en el fondo vislumbramos un reactor nuclear gigante – aludiendo a la catedral de Bayreuth – con desechos de aparatos en el proscenio: ¡Monsalvat! ¡Una imagen impresionante! Pero qué vemos – ¿restos de un tiempo tecnológico obsoleto, o lugar de retiro en un mundo arrasado por la guerra o los desastres naturales? Los caballeros del Grial andan encapuchados, sus colegas posicionados en un puente portan Kaláshnikovs. Parsifal, ubicado por Gurnemanz a lo alto, presencia la escena del Grial. El Grial es metafísico: elevarán a Amfortas ensangrentado y semidesnudo en la posición del crucificado, mientras lo baña una luz vertical irreal. Titurel, quien apoya la exigencia de los caballeros de completar el ritual, aparece en una pantalla en formato Super 8.

Vestido con traje de negocios, Klingsor controla desde su iPad su mágico mundo de mercados mundiales. Gráficos y símbolos estadísticos titilan frenéticamente sobre el escenario, muestran las subas y bajas de las materias primas, divisas, acciones, nuestro globo terráqueo y destellos de transmisiones de TV de sucesos de guerra. En el centro se abre un pequeño espacio de juego para Klingsor y Kundry, ahora con el cabello suelto. Las niñas flor aparecen primero como siluetas azuladas en la oscuridad, gracias a los contornos luminosos de su vestuario. Con la incipiente luz vemos réplicas de perfecta estatura y pelo azul, que realizan una refinada coreografía (el responsable de la misma, Ignacio Gonzáles Cano), que se mueven eróticamente sin tabú sobre el entarimado y en ocasiones se congelan en posiciones de marionetas. Luego la escena se concentra sólo en Kundry/ Parsifal, se encuentran sólo ellos y un sillón giratorio. Un espacio íntimo, teatro de cámara… hasta que Parsifal reclama la lanza: despiertan las pantallas de video y un triple Klingsor lanza un rayo sobre el adversario. Éste toma la lanza y gira el sillón con ímpetu hacia el público, ¡en el mismo se encuentra Klingsor fulminado!

Volvemos al primer cuadro, que ahora resulta aún más inquietante. Aparece Parsifal con la lanza, escudo y Kaláshnikov, pero ahora con el pelo corto y ordenado. La escena del Viernes Santo se centra sólo en los elementos esenciales. Una vez encendido el reactor vemos a la legión de caballeros desesperada, sin armas, a un Amfortas al final de sus fuerzas. Parsifal es el elegido para obrar, el líder. De negro, dominando la escena, parado sobre una rampa, como cortado con tijera, nos conduce hacia el final. Luego de la ceremonia del Grial un telón desciende tras de él, se iluminará la audiencia, un niño pequeño saluda desde la mitad del pasillo a los caballeros que paulatinamente se van percatando de él – y de nosotros. Los reflectores, que eficazmente aportaron una mística irreal a la ceremonia del Grial, subirán su intensidad y serán apuntados hacia la platea… la legión del Grial y nosotros seremos encandilados por un futuro luminoso…

Entre los méritos de esta puesta se encuentra la excelencia del elenco y de todos los participantes en la escena, que se mantuvieron en constante movimiento. Así fue que el primer acto, que dura cerca de dos horas, no resultó para nada largo. Alejo Pérez lleva a los cantantes de la mano y les da espacio para desplegarse. Su orquesta toca con pasión a un alto nivel, los detalles han sido trabajados con meticulosidad, el preludio y el interludio fueron celebrados. Sin embargo, el pathos de la música no fue exagerado.

Otro de los grandes aciertos que contribuyeron al éxito de esta velada es un elenco de intérpretes de primera clase. Una garantía fue Christopher Ventris, uno de los intérpretes más destacados de Parsifal. Su actuación, en su registro de tenor con agudos seguros y abiertos colmaron todas las expectativas. Stephen Milling no sólo era físicamente toda una autoridad, su presencia actoral, la sonoridad de su registro bajo, suave y fluido, dieron luz a un Gurnemanz inquietante, que obtuvo el mayor aplauso de la noche. Ryan McKinney hizo una elocuente actuación y logró un Amfortas convincente con su canto, quien encarnó de manera verosímil el sufrimiento y el esfuerzo físico siendo un buen barítono acorde al rol. Nadja Michael impresionó como Kundry, su agradable timbre de mezzo y su actuación empática con cada situación fueron cautivantes, sólo su llamado a Parsifal fue casi inaudito. Quien no se desplegó al nivel de sus compañeros fue Hector Guedes. Su Klingsor fue evidentemente algo relegado por la Régie, vocalmente fue absolutamente convincente. El resto de los roles fueron muy bien interpretados. Se destacan ambos caballeros del Grial Iván Meier y Norberto Marcos, y especialmente las niñas flor, que a pesar de la exigente coreografía pudieron responder con voces bellas y delicadas. Otro valor fueron el coro y el coro de niños del Teatro Colón, dirigidos por César Bustamante, que absolutamente cumplieron con su labor. Finalmente un gran aplauso para todos los involucrados, incluyendo al equipo de dirección.

 

Traducción al español: Cecilia Bassano