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Ópera
23 de Mayo de 2016

El Estado de Fidelio

Por Esteban Buch

En la “prisión de Estado” que dirige el gobernador Pizarro, los detenidos sufren privaciones de aire y de luz, castigos frecuentes y una vigilancia panóptica permanente. Del por qué están allí, sólo se sabe que son “prisioneros de Estado”, es decir, según un diccionario del siglo XIX, personas que han cometido “un acto capaz de poner en peligro la seguridad del Estado”. O sea, presos políticos en su mayoría, sin ninguna perspectiva de liberación.Por eso la dureza de ese régimen penitenciario no es sólo obra de un individuo aislado. Pizarro es el responsable de la “violencia arbitraria” mencionada en la carta anónima que le avisa que el Ministro está por llegar, y resumida en el coro de prisioneros que salen a respirar por iniciativa de Leonora: “El calabozo es una tumba”. Pero es ese Ministro Don Fernando quien tiene en su poder la lista de detenidos, incluidos aquellos encerrados en los “calabozos secretos”.

La única anomalía frente a esa violación oficial y sistemática de los derechos humanos es Florestán, quien se halla preso de manera no secreta, sino clandestina. Esa situación ilegal es la de una persona secuestrada, o desaparecida. Florestán está allí por haber denunciado a Pizarro como un asesino. Pero si Pizarro no ha sufrido las consecuencias de esa denuncia y se venga de Florestán dejándolo morir en un pozo mientras todos lo creen ya muerto, es sin duda porque tiene protectores encumbrados, y espías como el que le anuncia la inspección del Ministro. Por eso no está claro si Pizarro debe su puesto de gobernador a su capacidad o a su incapacidad. O bien la actitud criminal de Pizarro no es una excepción, sino un síntoma del carácter corrupto y criminal del régimen político en su conjunto; o bien la impunidad de la que ha gozado muestra la incapacidad del Estado para hacer reinar la justicia, en particular en esa élite a la que pertenecen Florestán, Pizarro y Fernando. Es triste el dilema que opone la iniquidad a la incompetencia. En ambos casos, el Estado es incapaz de cumplir con su función, la de organizar las relaciones entre los seres humanos en nombre de un principio que no sea la ley del más fuerte.

La obra termina con la esperanza de una reforma impulsada por un ministro que se dice “hermano” de los presos, sin desmentir su fidelidad a un poder absoluto. En realidad, nada garantiza que la suerte de estos vaya a mejorar con el próximo gobernador, ya que el castigo de Pizarro es elegido por Rocco, el carcelero que al comienzo de la obra, aun negándose a ejecutar él mismo a Florestán, ha sido su obediente torturador. De allí que el grito de libertad de Florestán, Zur Freiheit, zur Freiheit, sea menos una proclama que una alucinación, un llamado al más allá, a la muerte misma. Fidelio es menos la ópera de la libertad que la ópera de la represión, aun si Florestán salva la vida gracias al coraje y al amor de su “ángel” Leonora, deus ex machina femenino en un Estado donde sólo existen los hombres.

Publicado en el último número de Revista Teatro Colón